Cuando Netflix puso en circulación el tráiler de ‘Mesías’, la rechifla fue la reacción facilona. Las cuatro pinceladas de aquellas escenas entrelazadas esbozaban poco, pero suficiente, el argumento de la serie. Alguien con las barbas de un Jesús, al que sus seguidores llaman Al-Masih, o sea, Mesías, obra lo que parecen milagros en lo que queda de Siria y, en un alehop, se planta en Estados Unidos, como se sabe, país que trata de gobernar el mundo como los antiguos cruzados, porque Dios está de su parte. Es también el mayor productor mundial de telepredicadores. Y es, además, un país que detesta a los ateos casi tanto como a los comunistas. Total, que la CIA y el FBI se ponen las pilas. Pues bien, vistos penitentemente los 10 capítulos de la primera temporada toca hacer un acto de contrición.

De ‘Mesías’ se puede decir que es increíble, aunque no, claro, en el sentido más elogioso de término. Su factura no es exquisita. No tiene el halo de ‘Succession’ o ‘Fleabag’, triunfadoras de los Globos de Oro. De acuerdo. Pero una vez comenzada, tiene un inexplicable ‘nosequé’ que impide dejar de verla. Es algo milagroso.

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