Por lo que se quiera, hoy estamos en la peor crisis social de que yo tenga memoria. El desbarajuste es total. Igual cuando leemos el periódico, vemos la televisión, oímos la radio o nos enganchamos en las redes: las matazones de todos los días; el llanto rabioso de los padres de niños con cáncer; la marcha del dolor y el choque brutal con quienes se burlan y agreden infamemente en la plaza mayor del país, en el corazón geográfico e histórico de la nación. Ahora escindido por una herida abierta que no sabemos si habrá de cerrar algún día.

Y no hablo de pistolas o los rifles que ahora cargan nuestros niños. Hablo de los disparos provenientes del instrumento magnífico y terrible que puede ser la palabra. Que lo mismo enamora, acaricia, seduce y exalta que lastima, agravia, ofende y humilla.

Lo más lamentable es que en este país estamos agotando el diccionario del ultraje. Tan solo en las horas recientes las redes sociales se han incendiado con despropósitos tan execrables como “a chillidos de marrano, oídos de chicharronero”, del subsecretario encargado de la concordia pública, Ricardo Peralta, un día después de la Marcha por la Paz y la Justicia que encabezaron Javier Sicilia y los LeBarón: “el dolor no es un show”, reviraron al presidente López Obrador que no los recibió “para cuidar la investidura”. Una disputa conceptual que se materializó en las agresiones inauditas que esquematizan el dividido México de hoy: los lopezobradoristas furibundos contra quienes se atreven a cuestionarlos aun a partir del dolor; los conservadores, los retrógrados, las momias, los fifís, los traidores a la patria.

Todo ello traducido en enfrentamientos abiertos o encubiertos entre el presidente y sus críticos en la prensa o en la radio y la televisión. Dentro de los propios medios la confrontación descarada entre los heraldos de la 4T contra todo el que se atreva a cuestionar, aunque sea con el pétalo de una crítica, a quien consideran la perfección absoluta. Por cierto, la propia familia presidencial ha sido alcanzada ya por el bombardeo de estulticias a partir de revelaciones sensacionalistas.

En suma, el cáncer de nuestros niños es también el cáncer de la patria. La inoculación del veneno del odio que se va extendiendo por todo el cuerpo social. Una alarmante descomposición de la esperanza que se iluminó en julio del 18. El sueño de unos que amenaza convertirse en la pesadilla de todos.

En este escenario insensato, casualmente, se produce una aberración jurídica que atenta no solo contra el sentido común sino con la libre expresión que aún queda en este país: Sergio Aguayo, un formidable luchador por los derechos humanos y columnista de Reforma —uno de los medios “enemigos del régimen”— ha sido sentenciado a pagar 10 millones de pesos al impresentable Humberto Moreira por un supuesto daño moral. Todo por decir, apenas cinco días después de que el exgobernador de Coahuila y expresidente del PRI fuera detenido en Madrid acusado de lavado de dinero, que el exfuncionario desprendía un hedor corrupto. Con Sergio, el juez Francisco Castillo González nos condena a todos los periodistas de México. Pero esta nueva batalla apenas comienza.

Fuente: El Universal.

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